
CAREX23.
Me ha costado bien de trabajo decidirme por un sistema de nomenclatura. Siempre ando dándole vueltas a lo mismo: tiene que figurar el lugar donde muestreo y el año, pero tampoco puede ser un muy regalao de largo, porque al nombre general de la campaña de muestreo (SITIO99) tengo que añadirle después un número de muestra (SITIO99.X). Esa muestra será después cortada en lonchas –sí, es el nombre técnico que le doy en castellano; en inglés las llamo slabs— (SITIO99.X-A, SITIO.X-B, SITIO99.X-C, y así), que serán a su vez subdivididas en múltiples cuadraditos que tendrán, necesariamente, que nombrarse de acuerdo a una cuadrícula como la del Hundir la Flota: SITIO99.X-A-1A, SITIO99.X-A-1B, SITIO99.X-A-1C, SITIO99.X-A-2A, os podéis imaginar, vaya. Cada muestra son muchos cuadraditos.
El caso es que poner un nombre es extremadamente importante en todos los sentidos –solo lo que se nombra existe, etcétera–, pero aun más importante es ser sistemático cuando uno pone nombres. Bueno: uno puede no ser sistemático en absoluto y llamar a cada sitio con el nombre de los reyes visigodos y a cada muestra con el de los ganadores del Premio Nobel de Literatura, mientras tenga una tabla con la correlación que le permita saber que Chindasvinto-Morrison corresponde a CAREX23 H3.1. Pero para mí es importante la sistematicidad. Y, en mi caso, CAREX23 H3.11 me vale porque no soy tan punki como me gustaría.
Pero yo en realidad no quería hablar de esto, o no mucho. Quería, más bien, decir lo siguiente: ¡Ay! Si no fuera por los amigos, por los colegas, por los colaboradores. Resulta que me llamó un conocido, un colega, un un arqueólogo que andaba por aquí de paso. Él se dedica a los fuegos prehistóricos también, pero desde otra perspectiva (combustibles, partículas emitidas, capacidad calorífica, cosas así). Se vino al CAREX a prender lumbre para medir sus cosas y me dijo: Oye, cuando se apague el fuego, ¿a ti te vale para algo? La respuesta más sincera es Ni sí, ni no, ni todo lo contrario: prácticamente cualquier cosa puede ser investigación, si está bien justificada. ¿Es fundamental para mi tesis recoger los restos de un hogar experimental realizado en condiciones ultracontroladas? En absoluto. Diría que, incluso, es una distracción que se viene a sumar a la pila interminable de trabajo que tengo.
Lo que pasa es que a veces es necesario reformular las preguntas que nos hacemos para encontrar respuestas más adecuadas, más importantes.
¿Me hacía falta a mí ir a muestrear una tarde de diciembre, a oscuras, a 4ºC, en un suelo húmedo, ponerme hasta arriba de escayola, pasar unas cuantas horas hablando de cosas sin mucha intención –sobre arqueología, sobre investigación, sobre posibilidades–? Sin duda alguna, sí. Me hacía falta.
Y el 2024 dónde irá.
Pisacharcos es la denominación oficial que tiene Munir para las personas que, como yo (y como él, añadiré), son incapaces de dejar de hacer cosas. La gente que está metida en movidas por encima de sus posibilidades.
Un buen ejemplo de lo irremediablemente pisacharcos que es Munir es esta afición suya que es también un servicio público y que consiste en traducir un poema actual del chino al castellano a la semana. No sé a cuánta gente conocéis que sea capaz de traducir con solvencia chino y que ponga esa habilidad al servicio de la poesía –es decir, al servicio de la justicia, que diría Gamoneda–: yo a nadie más (lo cual no significa, claro, que esas personas no existan).
Un buen ejemplo de lo pisacharcos que soy yo es que me fui a recoger un cacho de suelo quemado el diciembre pasado. Es probable que esta tendencia pisacharquística continúe en años venideros y, más concretamente, durante este 2024.
Hablemos claro: lo de mi tesis está jodido. Estadísticamente, lo de todas las tesis está jodido: primero está jodido el escribirla y luego conseguir trabajo con ella. Creo que lo de la mía está más jodido de lo normal debido a un cúmulo de circunstancias que no por normales –estadísticamente– son menos desalentadoras: desavenencias con los de arriba, datos malos, problemas con el aparataje de laboratorio, clases que dar, cosas así. El caso es que se me echa el tiempo encima y mi calendario de aquí a finales de 2024 es una sucesión de hacer cosas todo el rato, cuantas más mejor. Recuperar el tiempo perdido. Como se suele decir: sin prisa, pero sin pausa. Una pensaría que lo que más me conviene es centrarme en lo que ya tengo delante e ir, por lo tanto, tachando cosas de la lista de tareas: primero una, después otra. Una pensaría que lo que menos me conviene es pisar aun más charcos2 que no tendrán una repercusión directa en ese documento de 300 páginas que acabará siendo mi tesis.
Pero, a veces, una necesita hacer las cosas que quiere hacer, y no solo las cosas que tiene que hacer. A veces, en este equilibrio precario y chantajista entre el querer, el poder, el deber y el dormir es donde reside la única posibilidad de hacer algo.
La venganza es un plato que se sirve escrito.
Todas las personas que nos dedicamos, de una manera u otra, a esto de investigar, sabemos que lo que hay que hacer es escribir.
Escribir ciencia es más fácil que escribir sobre algo que te importa, como, qué sé yo, la necesidad de descolonizar la arqueología de una vez, la complicidad de los discursos sobre la protección del patrimonio en el conflicto palestino, o por qué la melancolía de clase te impide aclimatarte a la universidad con la facilidad de quienes tienen padres con estudios superiores. Al menos eso creo yo. La estructura de los artículos científicos es sotacaballoirrey y, en la mayoría de los casos, no acepta desviaciones creativas; la norma estilística es deprimente pero estandarizada. Solo hay que rellenar casillas, cumplimentar formularios. Hay algo reconfortante en presentar datos, en hacer informes, en cumplir normas. No es la escritura que más me gusta, pero sí la que menos me cuesta.
Pero –atendiendo al resto de este post– me doy cuenta de que no puede ser la única escritura que practique. No sé explicar bien por qué, pero creo que tiene que ver con el aburrimiento. La vocación y la ilusión son dos conceptos que están totalmente reificados por el discurso de la academia: parece que debes estar en posesión de los mismos para ser un buen investigador. No es cierto. Para ser un buen investigador solo tienes que investigar bien, y da igual que lo hagas a gusto o a disgusto, que te apasione tu campo o simplemente prefieras ganar un sueldo así en vez de cogiendo teléfonos en una oficina.
El acuerdo tácito al que he llegado conmigo misma es que, si tengo que producir un output esperable y esperado, solo lo haré si puedo pasármelo un poco bien mientras tanto –so pena de no escribir nada, si no–. Si no puedo hacer lo que quiero, al menos en parte, entonces dejaré de hacer todo. O lo tomo, o lo dejo. Más importante: o lo toman, o lo dejan3.
El propósito, entonces, es escribir más, escribir independientemente de a quién le parezca qué, escribir cosas más importantes, más interesantes, desviarse más. No sé si será posible. No sé si creo, tampoco, en la venganza; pero sí creo en resistir como buenamente se pueda a las estructuras que te encajonan y te aprietan y se empeñan en que te conformes. ¿Doctorandos de barrio alto, todos hechos con Recipol? No, gracias. Quizá esta escritura no sirva para impartir justicia. Con que sirva para no perder del todo la chaveta, me vale.
1 CAREX23 H3.1 quiere decir que lo recogí en el Centro de Arqueología Experimental en 2023, que es el Hogar 3 (un cacho de suelo quemado), y que dentro de ese hogar es la muestra 1 (de 7 que cogí, intentando llevarme la mayor parte de la superficie sobre la que se había hecho el fuego).
2 Por ejemplo otra traducción, u otro máster, o simplemente excavar y muestrear en sitios que, a priori, ni me van ni me vienen.
3 Supongo que me refiero a los poderes fácticos que gobiernan mi vida laboral.