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  • El último muestreo del año (pasado), los propósitos y la productividad.

    January 23, 2024
    Una foto tomada desde arriba del proceso de toma de muestras para arqueomagnetismo. Se ve una mano izquierda (la mía) que sostiene una brújula sobre un círculo blanco de escayola pegado al suelo. Está muy oscuro y solo se ve el cerco de luz del frontal. Al lado hay otro circulito blanco de escayola. Se ve el gris de la ceniza en la parte superior derecha.
    Muestrear en arqueomagnetismo es esto: plantar un montoncito de escayola, rasarlo en horizontal y, cuando se ha secado, marcar encima dónde está el norte. Luego te llevas la escayola (y el suelo que hay debajo) bien envuelto al laboratorio. Lo que pasa es que normalmente no se hace en la más absoluta oscuridad, pero en diciembre caía la noche a las 17:30.

    CAREX23.

    Me ha costado bien de trabajo decidirme por un sistema de nomenclatura. Siempre ando dándole vueltas a lo mismo: tiene que figurar el lugar donde muestreo y el año, pero tampoco puede ser un muy regalao de largo, porque al nombre general de la campaña de muestreo (SITIO99) tengo que añadirle después un número de muestra (SITIO99.X). Esa muestra será después cortada en lonchas –sí, es el nombre técnico que le doy en castellano; en inglés las llamo slabs— (SITIO99.X-A, SITIO.X-B, SITIO99.X-C, y así), que serán a su vez subdivididas en múltiples cuadraditos que tendrán, necesariamente, que nombrarse de acuerdo a una cuadrícula como la del Hundir la Flota: SITIO99.X-A-1A, SITIO99.X-A-1B, SITIO99.X-A-1C, SITIO99.X-A-2A, os podéis imaginar, vaya. Cada muestra son muchos cuadraditos.

    El caso es que poner un nombre es extremadamente importante en todos los sentidos –solo lo que se nombra existe, etcétera–, pero aun más importante es ser sistemático cuando uno pone nombres. Bueno: uno puede no ser sistemático en absoluto y llamar a cada sitio con el nombre de los reyes visigodos y a cada muestra con el de los ganadores del Premio Nobel de Literatura, mientras tenga una tabla con la correlación que le permita saber que Chindasvinto-Morrison corresponde a CAREX23 H3.1. Pero para mí es importante la sistematicidad. Y, en mi caso, CAREX23 H3.11 me vale porque no soy tan punki como me gustaría.

    Pero yo en realidad no quería hablar de esto, o no mucho. Quería, más bien, decir lo siguiente: ¡Ay! Si no fuera por los amigos, por los colegas, por los colaboradores. Resulta que me llamó un conocido, un colega, un un arqueólogo que andaba por aquí de paso. Él se dedica a los fuegos prehistóricos también, pero desde otra perspectiva (combustibles, partículas emitidas, capacidad calorífica, cosas así). Se vino al CAREX a prender lumbre para medir sus cosas y me dijo: Oye, cuando se apague el fuego, ¿a ti te vale para algo? La respuesta más sincera es Ni sí, ni no, ni todo lo contrario: prácticamente cualquier cosa puede ser investigación, si está bien justificada. ¿Es fundamental para mi tesis recoger los restos de un hogar experimental realizado en condiciones ultracontroladas? En absoluto. Diría que, incluso, es una distracción que se viene a sumar a la pila interminable de trabajo que tengo.

    Lo que pasa es que a veces es necesario reformular las preguntas que nos hacemos para encontrar respuestas más adecuadas, más importantes.

    ¿Me hacía falta a mí ir a muestrear una tarde de diciembre, a oscuras, a 4ºC, en un suelo húmedo, ponerme hasta arriba de escayola, pasar unas cuantas horas hablando de cosas sin mucha intención –sobre arqueología, sobre investigación, sobre posibilidades–? Sin duda alguna, sí. Me hacía falta.

    Y el 2024 dónde irá.

    Pisacharcos es la denominación oficial que tiene Munir para las personas que, como yo (y como él, añadiré), son incapaces de dejar de hacer cosas. La gente que está metida en movidas por encima de sus posibilidades.

    Un buen ejemplo de lo irremediablemente pisacharcos que es Munir es esta afición suya que es también un servicio público y que consiste en traducir un poema actual del chino al castellano a la semana. No sé a cuánta gente conocéis que sea capaz de traducir con solvencia chino y que ponga esa habilidad al servicio de la poesía –es decir, al servicio de la justicia, que diría Gamoneda–: yo a nadie más (lo cual no significa, claro, que esas personas no existan).

    Un buen ejemplo de lo pisacharcos que soy yo es que me fui a recoger un cacho de suelo quemado el diciembre pasado. Es probable que esta tendencia pisacharquística continúe en años venideros y, más concretamente, durante este 2024.

    Hablemos claro: lo de mi tesis está jodido. Estadísticamente, lo de todas las tesis está jodido: primero está jodido el escribirla y luego conseguir trabajo con ella. Creo que lo de la mía está más jodido de lo normal debido a un cúmulo de circunstancias que no por normales –estadísticamente– son menos desalentadoras: desavenencias con los de arriba, datos malos, problemas con el aparataje de laboratorio, clases que dar, cosas así. El caso es que se me echa el tiempo encima y mi calendario de aquí a finales de 2024 es una sucesión de hacer cosas todo el rato, cuantas más mejor. Recuperar el tiempo perdido. Como se suele decir: sin prisa, pero sin pausa. Una pensaría que lo que más me conviene es centrarme en lo que ya tengo delante e ir, por lo tanto, tachando cosas de la lista de tareas: primero una, después otra. Una pensaría que lo que menos me conviene es pisar aun más charcos2 que no tendrán una repercusión directa en ese documento de 300 páginas que acabará siendo mi tesis.

    Pero, a veces, una necesita hacer las cosas que quiere hacer, y no solo las cosas que tiene que hacer. A veces, en este equilibrio precario y chantajista entre el querer, el poder, el deber y el dormir es donde reside la única posibilidad de hacer algo.

    La venganza es un plato que se sirve escrito.

    Todas las personas que nos dedicamos, de una manera u otra, a esto de investigar, sabemos que lo que hay que hacer es escribir.

    Escribir ciencia es más fácil que escribir sobre algo que te importa, como, qué sé yo, la necesidad de descolonizar la arqueología de una vez, la complicidad de los discursos sobre la protección del patrimonio en el conflicto palestino, o por qué la melancolía de clase te impide aclimatarte a la universidad con la facilidad de quienes tienen padres con estudios superiores. Al menos eso creo yo. La estructura de los artículos científicos es sotacaballoirrey y, en la mayoría de los casos, no acepta desviaciones creativas; la norma estilística es deprimente pero estandarizada. Solo hay que rellenar casillas, cumplimentar formularios. Hay algo reconfortante en presentar datos, en hacer informes, en cumplir normas. No es la escritura que más me gusta, pero sí la que menos me cuesta.

    Pero –atendiendo al resto de este post– me doy cuenta de que no puede ser la única escritura que practique. No sé explicar bien por qué, pero creo que tiene que ver con el aburrimiento. La vocación y la ilusión son dos conceptos que están totalmente reificados por el discurso de la academia: parece que debes estar en posesión de los mismos para ser un buen investigador. No es cierto. Para ser un buen investigador solo tienes que investigar bien, y da igual que lo hagas a gusto o a disgusto, que te apasione tu campo o simplemente prefieras ganar un sueldo así en vez de cogiendo teléfonos en una oficina.

    El acuerdo tácito al que he llegado conmigo misma es que, si tengo que producir un output esperable y esperado, solo lo haré si puedo pasármelo un poco bien mientras tanto –so pena de no escribir nada, si no–. Si no puedo hacer lo que quiero, al menos en parte, entonces dejaré de hacer todo. O lo tomo, o lo dejo. Más importante: o lo toman, o lo dejan3.

    El propósito, entonces, es escribir más, escribir independientemente de a quién le parezca qué, escribir cosas más importantes, más interesantes, desviarse más. No sé si será posible. No sé si creo, tampoco, en la venganza; pero sí creo en resistir como buenamente se pueda a las estructuras que te encajonan y te aprietan y se empeñan en que te conformes. ¿Doctorandos de barrio alto, todos hechos con Recipol? No, gracias. Quizá esta escritura no sirva para impartir justicia. Con que sirva para no perder del todo la chaveta, me vale.


    1 CAREX23 H3.1 quiere decir que lo recogí en el Centro de Arqueología Experimental en 2023, que es el Hogar 3 (un cacho de suelo quemado), y que dentro de ese hogar es la muestra 1 (de 7 que cogí, intentando llevarme la mayor parte de la superficie sobre la que se había hecho el fuego).

    2 Por ejemplo otra traducción, u otro máster, o simplemente excavar y muestrear en sitios que, a priori, ni me van ni me vienen.

    3 Supongo que me refiero a los poderes fácticos que gobiernan mi vida laboral.

  • Textos y textitos. Por qué doy clase a partir de artículos, y cómo (I).

    November 15, 2023
    Siora Photography

    Textos vs. clase magistral.

    Este año, igual que el pasado, me encargo de dar la parte del temario de Patrimonio de Castilla y León correspondiente a instituciones museísticas1. A principios de curso, decidí cambiar de estrategia y dejar de lado las clases de diapositiva para trabajar únicamente a partir de textos.

    (Entiendo el texto en sentido amplio, como texto cultural: artículos científicos y periodísticos, informes, cartas, convenios, capítulos de libros; pero también publicaciones en blogs, podcasts, vídeos, conferencias, exposiciones, y qué sé yo qué más se podría añadir).

    Un programa de lecturas para cubrir el temario.

    La idea es bastante fácil y refleja la estructura de eso que llamamos seminario: les propongo una lectura y les proporciono una serie de preguntas en relación a ella. Hay una rúbrica (una tabla con los criterios de evaluación) que tienen disponible desde principios de curso, para que vean cómo valoraré el ejercicio: adecuación de la respuesta a la pregunta, inclusión de la perspectiva personal o crítica, diferencia explícita de qué es un argumento del autor y qué es un argumento propio, texto bien referenciado con el número de página correspondiente, y gramática y ortografía correctas.

    Huelga decir que la rúbrica de evaluación es igual de útil para el alumnado y para mí: elles saben qué es lo que les pido y pueden reclamar, en caso de ser necesario, en base a algo claro y establecido de antemano; yo tengo una guía que acota en qué tengo que centrarme a la hora de corregir y cómo hacerlo. Y, además, está la cuestión de la transparencia: todes sabemos qué se espera de nosotres desde el principio. Es imposible evitar del todo la subjetividad de quien corrige (habría que ver si es necesario), pero esto es una forma de limitar las consecuencias negativas de la misma.

    Otra cosa que he cambiado en mi forma de dar clase es que el alumnado trabaja exclusivamente durante el periodo lectivo. No hay tareas para casa, no hay deberes, no hay que traer nada ya leído. Durante los primeros 20 o 30 minutos de cada sesión (que dura 90 minutos, aproximadamente) leen el fragmento del texto correspondiente a las preguntas de ese día, y anotan las respuestas. Mientras, yo corrijo, contesto mails o bebo café intentando solucionar los problemas perennes del wifi de la universidad.

    También he reducido el número de artículos que tenía previsto leer este curso: hemos pasado de tres (uno por semana) a dos. Esto responde a una reflexión sobre mis exigencias como docente. Intento no ser tan dura con el alumnado como lo soy conmigo misma (como alumna y como investigadora). Es más: intento ser todo lo laxa que puedo. No creo que esta laxitud implique menor interés, ni mucho menos menor aprendizaje. Noviembre es un mes jodido en la universidad: el cuatrimestre ya ha cogido inercia, los trabajos se empiezan a acumular, hay exámenes parciales y la gente necesita disponer de su tiempo libremente, sobre todo para descansar. Intento, en definitiva, quitar peso de una mochila que ya va muy cargada en tercero de carrera.

    Reducir el número de textos con los que trabajo me permite trabajarlos más en profundidad, bajar el ritmo con el que avancamos por el temario, relacionar la lectura con ejemplos de la vida real, permitir que las discusiones en clase se desvíen hacia otros temas y, no menos importante, me obliga a hacer un trabajo exhaustivo de búsqueda bibliográfica, ya que con menos fuentes tengo que abarcar los mismos contenidos. Es también un reto para mí, que tengo que encontrar publicaciones transversales.

    Vale, pero, ¿por qué leer en clase?

    Tengo dos cosas que enseñar en mi asignatura:

    1. Cómo funciona el sistema de museos de CyL, cuál es la relación de los museos con el turismo cultural, y –algo fundamental– qué responsabilidades sociales tienen las instituciones culturales (y cómo, más frecuentemente que no, no las cumplen)2.
    2. Lo que en las guías docentes se tiende a llamar competencias transversales, y que entiendo, básicamente, como algo que aprenden en mi asignatura, que no está directamente relacionado con el temario, y que puede ser útil en todas partes.

    Lo que quiero conseguir con esta forma de dar clase es enseñar a leer un texto académico de forma estratégica. Por eso les doy una serie de preguntas a priori y les digo cómo quiero que lo lean: escaneándolo en busca de la información que necesitan, recabando la respuesta concreta que se les pide, y trasladándola a sus trabajos con la cita correspondiente. Intento hacerles entender que se puede ahorrar tiempo y esfuerzo y, a la vez, ser rigurosos en el tratamiento de sus fuentes. Que esto es lo que se les va a exigir cuando tengan que redactar un TFG –por lo hablar de un TFM, una tesis o un artículo científico–.

    Al principio, nunca funciona. Incluso en las preguntas más evidentes –intento mezclar algunas con respuesta directa en el texto con otras que requieren hilar varias secciones–, me encuentro respuestas vacilantes, demasiado amplias, referencias a páginas enteras en vez de a conceptos, párrafos mal estructurados sin una conclusión clara.

    Aprender a leer, enseñar a leer.

    Creo que esto último —grosso modo: el que no sepan cómo buscar información– que digo es un síntoma de una educación universitaria deficiente, por supuesto. Cuando pregunto, me suelen decir que no se les enseña cómo o por qué citar. Me imagino que tampoco cuál es la estructura de un buen trabajo universitario. Y mucho menos a leer. Pero a leer también se aprende.

    Recuerdo con absoluto tedio los seminarios de asistencia obligatoria por los que tuve que pasar en la carrera: cómo utilizar el catálogo de una biblioteca, cómo citar. Ojalá pudiera habérmelos ahorrado. Aunque mi experiencia como profesora me ha convencido de que son absolutamente necesarios, e incluso urgentes, creo que esto debe enseñarse de otra forma. Transversalmente, si queremos. Y eso es lo que intento.

    Decía antes que creo que mi flexibilidad para con el alumnado –una manga ancha que otros docentes me han criticado– no impacta negativamente a la performance, y que incluso la mejora. La experiencia de este año lo demuestra: las personas que vienen a clase emplean el tiempo en leer atentamente un texto que les propongo, relevante para el tema que estamos tratando, y guiadas por una lista de cuestiones que tienen que contestar por escrito. Me preguntan acerca de qué es importante, o de si van bien encaminades al pensar que es en un párrafo determinado donde está la respuesta que buscan. Les guío, les indico, les sugiero o, en el peor de los casos, les dejo hacer mientras se dedican a mirar a las musarañas.

    Resultados tangibles.

    Como, pese a todo, ahora soy científica3, estoy entrenada para evaluar cada actividad en la que me embarco en base a objetivos, que llevan aparejados sus correspondientes resultados. Veo unos cuantos (que me parecen, además, beneficios) para esta manera de trabajar con textos:

    1. Ahorran tiempo de lectura, pero el que le dedican es para el análisis sistemático de lo que están leyendo. Se desarrolla agudeza analítica y se entrena la concentración.
    2. Esto se traduce en más tiempo para la clase: resolución de dudas, comentarios personales, debate sociocultural en relación al artículo, recomendaciones de otros textos, sugerencias. La monotonía no es amiga de nadie, y menos en sesiones de más de una hora.
    3. Conocen una herramienta que podrán reutilizar en el futuro… Si no se les olvida.
    4. Yo, que soy quien pone las preguntas, puedo enfrascarme en la lectura en profundidad de algo que, de otra forma, solo leería, bueno, como lo lee el alumnado: estratégicamente.

    1 No viene a cuento, pero esto es algo que me pone bastante contenta: la teoría crítica sobre museos es una de las cosas sobre las que más me gusta leer y, por lo tanto, también enseñar).

    2 Si por mí fuera, claro, me pasaría meses hablando del capital cultural y los museos como sitios de legitimación del discurso patrimonial. Por suerte para todo el mundo, solo tengo 30 días.

    3 Arqueogeofísica, para más inri.

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